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miércoles, 23 de diciembre de 2009
El niño que no sabía reír
I no era un niño como los demás. Al menos, eso pensaba él. Y no le gustaba mucho esa idea, pero se aguantaba. Es lo que le habían enseñado en su casa y, a falta de una solución mejor, funcionaba: “Jo, papá, no me has traído un regalo como me prometiste”. “Chico, ¡pues te aguantas!”. “Mami, ¿no me sacas a jugar al parque tampoco hoy? ¿Puedo irme yo?”. “Hijo, te lo he dicho mil veces. ¡Ese parque es muy peligroso! Y yo tengo que limpiar esta casa, porque si no, nadie lo hará. Si podemos ir otro día, bien; y si no, te aguantas”.
Así pues, I se aguantaba. Se aguantaba las ganas de seguir insistiendo, porque era inútil. Y cuando podía, se aguantaba también las lágrimas, aunque no era tan fácil. Muchas veces, el desconsuelo le vencía, y lloraba a escondidas. Pero a fin de cuentas, se aguantaba. Subía las escaleras, se metía en su burbuja y se ponía a dibujar sueños. Sacaba sus lápices de colores. Extendía sus folios. Y pintaba sonrisas. Retratos de su padre, de su madre, de sus compañeros del colegio, de él mismo. Pero siempre extraordinariamente alegres. Siempre haciendo algo que él no había hecho nunca: reír.
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