sábado, 4 de junio de 2011
Intríngulis :D
donde las ramas se aletargan al compás de los druidas inocentes
que pueblan la noche.
No exento de tus sueños está el andar de los andares,
que, cuando el río suena, lleva agua de otros mares,
perdidos de colores remanentes.
Como la blanca flor de los estanques.
Y estancado está tu recuerdo, mientras cada noche que pasa,
silba una daga, afilada y silenciosa,
como nunca que eres mía,
como siempre que eres reina.
Desde el atril de la espesura,
dibujo las intensas llamaradas de la pasión
que ciega tu pecho. Tu carne. Tu lecho.
Y cuando mañana alboreen relámpagos de grandeza,
despiértame por la avenida,
y pinta una retaguardia que no albergue derrotas,
sino delirios de amantes.
Sedientos. Picantes…
Inspirado a partir de este locurón... después de aplicarlo al mío propio, por supuesto :D
sábado, 26 de febrero de 2011
Quinceañeros de ida y vuelta
Era como si a la secuencia espacio-temporal del universo le hubiera salido un agujerito rebelde. En aquel apartado banco del parque, el reloj no corría. Como dos gotas de aceite que se negaban a hundirse en el océano de la mediocridad cotidiana, aquella pareja estaba entregada a lo suyo, ajena a todo lo demás, flotando de gozo. Ella se dejaba hacer. Él sólo tenía ojos para ella. Bueno, y labios. Y manos. Sobre todo, labios y manos.
Con esas armas tan sencillas, y centrándose exclusivamente en la cara, el pelo y el cuello de ella (aparte de eso, su mano apenas había amagado con dos o tres excursiones descendentes hacia los inicios del canalillo), él había contribuido, alucinado, a que todo el cuerpo de ella empezara a retorcerse y a contorsionarse de puro placer. ¡Y eso que todavía quedaba lo mejor! Él no daba crédito a lo que estaba viviendo. Ella, menos todavía:
—¡Madre mía! ¡Si parece que tenemos 15 años! —acertó a exclamar espontáneamente, en un momento de respiro.
Él la miró a los ojos, sonriendo. Sus palabras también le salieron del alma:
—Claro que tenemos 15 años. Y unos cuantos más, es verdad, ¡pero los quince los tenemos! Nunca podremos comportarnos como personas de 50 hasta que no los hayamos cumplido, porque no hemos pasado por esa experiencia. Pero los quince podemos rescatarlos siempre que queramos.
domingo, 24 de enero de 2010
¿Des-amor?
- No te quiero, guapa. Ahora mismo no. Tengo que ser claro contigo, y conmigo mismo.
- Vaya… ¿Y a qué viene eso ahora?
- A que tú no me quieres. Tan sencillo como eso.
- Pero… no lo entiendo. ¿Y todo lo que me has dicho todo este tiempo?
- Todo lo que te he dicho es todo lo que te he dicho, por supuesto. Me parece que nunca te he dicho que te quisiera… Desde luego, querer querer es esencial para querer. Pero dos no se quieren si uno no quiere querer.
- Vaya trabalenguas, jeje.
- Sí, puede que sea un trabalenguas. Pero es lo que hay. Se intenta, se busca la correspondencia, y, si no se encuentra, se tira la toalla. Lo entiendes, ¿no?
- Mmm… Sí, creo que lo entiendo. ¿Pero a pesar de todo eso…?
- A pesar de todo eso. A pesar de todos los sueños, de las buenas intenciones, de los silencios preñados. A pesar de todo lo que vales y de lo que tú crees que no vales pero yo valoro. Y a pesar de que tengas la sonrisa cerrada más bonita, simpática y sugerente que jamás haya visto.
lunes, 18 de enero de 2010
Haiti-enes tu conciencia
Si el horror y la tragedia del terremoto de Haití no te dejan indiferente, ¡no te quedes cruzado de brazos!
Tal vez pienses que desde aquí no puedes hacer nada, pero hay múltiples ONG que trabajan sobre el terreno y a las que puedes realizar tu donativo.
Tanto aquí, como aquí, o aquí, o bien aquí…
Tu colaboración económica puede resultar muy útil. La aportación de la sociedad civil, de los ciudadanos de a pie, es tan valiosa o más que la de los organismos oficiales.
Y, sobre todo, ten en cuenta que no tienes por qué realizarla únicamente ahora. Cuando los flashes de las cámaras ya no apunten a Puerto Príncipe, cuando el mundo desarrollado empiece a olvidarse de la desdicha de los haitianos, tu colaboración para la reconstrucción a medio plazo de muchas vidas humanas seguirá siendo igual de necesaria o más.
No lo olvides: ¡tu ayuda puede salvar vidas!
jueves, 7 de enero de 2010
La carrera de la vida (y III)
Acaba la rampa, pero la cosa empeora. Sobrecarga del sóleo, que sólo suele sobrecargarse cuando hago barbaridades. La rodilla izquierda me duele de lo lindo. Ahí, junto a la cabeza del peroné. ¡Ay! El panorama se oscurece. Pero no puedo rendirme ahora. Sé que es un disparate, pero quiero llegar junto a mi liebre. No la conozco de nada, pero sería bonito. Sería simbólico. Sería curioso. Qué se le va a hacer, me gustan esas pequeñas tonterías. Me arrancan sonrisas, de ilusión o de nostalgia. Son la salsa de la vida. La vida en rosa y en negro. En alegrías y en penurias. Al igual que esta carrera. La carrera de la vida...
“¡Vamos, chica, que vas a menos!”, le suelta un fulano. “¡De eso nada!”, le contesto bien clarito. Y es la pura verdad. En todo el trayecto no la ha adelantado nadie. Qué sabrá él… Dentro de su modestia, Alba es una campeona. Ella no ceja, ni se detiene nunca. Ella sí ha entrenado. Yo no. Y ahora sufro para seguirla. Ya en la carretera, alcanzamos a otro muchacho. Miro al suelo. Se me ha desatado el cordón de una zapatilla. La izquierda, precisamente. Lo que faltaba… El cansancio también hace mella. Ya no respiro igual. El bajón es evidente. El chaval se me escapa. Eso es lo de menos. Mi musa se me escapa. Eso sí duele. Pero está en su derecho. Ella sí conserva fuerzas. Y tampoco le he dicho que me esperara…
Intento forzar un poco. Unos 200 metros más. Hasta que el realismo impera. Y me detengo. Me agacho. Anudo la lazada, un poco mareado. Mi cabeza es un tam-tam. Pero no abandono. Y me incorporo. A terminar. A mi ritmo. A mi trote cochinero de “matao” que ya no puede con su alma. Ni con su rodilla. Pero hay otros peor que yo. Nadie me adelanta. Y, prácticamente, nadie más me anima. Todos mis conocidos se han ido ya, excepto mi hermano pequeño y mi primo más flipao. Porque ellos ya corrieron otros años, y lo viven. Y vibrarán hasta el final, con el coche escoba que ya apeó a mi hermana en el primer paso por meta. Y con los cinco tigres cachondos que hacen las delicias del personal. Pero nadie pensaba que yo sería capaz de dar la segunda vuelta. Ni siquiera ellos. Ni siquiera yo.
Y así es como cruzo la línea de llegada, en la noche cerrada y gélida. Totalmente solo. Lejos de mi musa casual. Extenuado y medio cojo. Solo en medio de un montón de gente, como siempre me he sentido en este pueblo. Pero también muy satisfecho. Extrañamente ilusionado. Indescriptiblemente esperanzado. En lo que queda de noche, rodeado de alcohol y de conocidos desconocidos, casi no podré andar. Pero no me sentiré raro. Lo sé. Lo presiento. Comienza un nuevo año. Sigue la vida. Escribo un nuevo capítulo.
miércoles, 6 de enero de 2010
La carrera de la vida (II)
[Mi musa del asfalto] me saca unos 20 metros. Allá que me voy. Atrás, dos decenas mal contadas de “mataos”, cinco tigres bailones de fiesta… y mi hermana. Delante, la marabunta inalcanzable… y ella. Tras su estela, me siento cómodo. Su ritmo sostenido y su silueta femenina me guían. Me gusta cómo se mueve. Cómo avanza. Prudente pero ambiciosa. Sin bajar la guardia. Lentamente, vamos incluso rebasando a algunos. Pocos, es cierto. Pero por detrás no llega nadie. “Dais otra vuelta, ¿verdad?”, me pregunta una espectadora. “Sí, señora, luego hay otra”, confirmo. Lentamente, sin prisas, voy acercándome a mi estrella de oriente. Al llegar al tramo más llano, ya estoy a su altura. Giro la cabeza para mirarla. Es muy jovencita. Seguramente no tenga todavía el carné de conducir, y por eso corre... O tal vez sí.
“¡Vamos, Alba!”, la animan desde la derecha (¿sus padres?). “¡Vamos, guapa!”, la jalean otros chavales al enfilar la carretera. La dejo irse de nuevo unos metros, ligeramente cuesta abajo. Nos acercamos a la recta final de la calle peatonal. Allí donde el público más se agolpa. Por fin escucho mi nombre desde los márgenes de la calzada. Lo pronuncian familiares diversos. También gente que no acierto a distinguir. Quizás algunos de esos “amigos” de la infancia con los que, de vez en cuando, sigo soñando obsesivamente todavía hoy. “¡Vamos, que estás fuerte!”, me grita un primo. “¡Qué va, es que tengo una liebre cojonuda!”, le contesto sonriendo. ¿Me habrá oído ella? En este contexto, es todo un piropo, ¡puedo asegurarlo! ¿Lo habrá entendido así? Eso espero.
Baño de multitudes en la peatonal. La muchacha de la sudadera rosa y las mallas negras se despoja… del gorro de Papá Noel. Sin frenarse, se lo entrega a Vete-tú-a-saber-quién. Con su media melena al viento, incrementa el ritmo. Pisa la plaza. Y yo detrás. La extraña pareja pasa por meta eufórica. El gentío nos lleva en volandas.
Bueno, ¿y ahora qué? Otros tres kilómetros. Y otra vez la rampa inicial. Pero ahora pesa más. Se disfraza de pared. Y yo sólo pensaba correr una vuelta (si es que en algún momento pensé algo). Inercia. Impulso. Estímulo. Llámalo como quieras. El caso es que ahora la meta es la META. Y mi musa de la calzada sigue guiándome hacia ella. De pronto, sin embargo, parece flaquear. Casi no avanza, la pobre. Maldita pendiente interminable… Hago un esfuerzo y me pongo a su lado. “Vamos, que lo estás haciendo muy bien”, la animo. Me mira y me lo agradece con una bonita sonrisa. Al poco, pago el esfuerzo. Los gemelos van a estallarme. ¡Puta cuesta! Tengo que pararme para retomar impulso. Dos veces. Y todavía faltan unos dos kilómetros…
(CONTINUARÁ...)
martes, 5 de enero de 2010
La carrera de la vida (I)
Último día del año. Bullicio vespertino en la plaza. Ilusión infantil a raudales, que no es capaz de enfriar la temperatura glacial. Ahí van mis tres sobris, dispuestos a dar el callo. Y vaya si lo dan, gracias a los ánimos y al acompañamiento de sus dos tíos pequeños durante el recorrido. Él se deja la piel sobre el alquitrán y se lleva un merecido premio. Ellas, cabezonas de primera, son las “campeonas” oficiosas en su categoría de entre todas las niñas aficionadas, sin club. Es decir, de las que nunca corren… salvo hoy.
Yo tampoco corro desde hace siglos. Sólo cuando llego tarde. O, lo que es lo mismo, siempre. Pero esto es serio: son seis kilómetros, en dos vueltas. Un primer tramo bastante duro, ascendente; un final de circuito más amable. La que no es seria es mi hermana. Me saca nueve años, y no hace otro deporte que andar. Pero ahí la tienes, con su dorsal. Está como una cabra, pero es feliz. Nada la diferencia en la línea de salida de sus sobrinos, de los que será Reina Maga en unos días. Sólo la edad. Y los kilómetros que le esperan…
Empieza el reto. Arranca la entente fraternal, codo a codo. Llega la primera pendiente. Mi hermana se rezaga. Yo aflojo el ritmo, un par de metros por delante. Todo el mundo nos adelanta, con escasas excepciones. La selección natural, que diría Darwin. Antes de acabar la prolongada cuesta, miro hacia atrás. ¡Se ha parado! No me lo puedo creer... Decepción y descojono a partes iguales. Confirmado: los milagros no existen. Nuestras miradas firman un acuerdo en décimas de segundo. Ella seguirá hasta donde pueda. Pero yo no puedo pararme. Ahora no. Al menos, debo dar una vuelta. Y probarme. El conductor del coche escoba me tomará el relevo. Hará mi trabajo de escolta. Y mucho mejor que yo. Más profesional. Aún quedan caballeros en este pueblo…
miércoles, 23 de diciembre de 2009
El niño que no sabía reír
I no era un niño como los demás. Al menos, eso pensaba él. Y no le gustaba mucho esa idea, pero se aguantaba. Es lo que le habían enseñado en su casa y, a falta de una solución mejor, funcionaba: “Jo, papá, no me has traído un regalo como me prometiste”. “Chico, ¡pues te aguantas!”. “Mami, ¿no me sacas a jugar al parque tampoco hoy? ¿Puedo irme yo?”. “Hijo, te lo he dicho mil veces. ¡Ese parque es muy peligroso! Y yo tengo que limpiar esta casa, porque si no, nadie lo hará. Si podemos ir otro día, bien; y si no, te aguantas”.
Así pues, I se aguantaba. Se aguantaba las ganas de seguir insistiendo, porque era inútil. Y cuando podía, se aguantaba también las lágrimas, aunque no era tan fácil. Muchas veces, el desconsuelo le vencía, y lloraba a escondidas. Pero a fin de cuentas, se aguantaba. Subía las escaleras, se metía en su burbuja y se ponía a dibujar sueños. Sacaba sus lápices de colores. Extendía sus folios. Y pintaba sonrisas. Retratos de su padre, de su madre, de sus compañeros del colegio, de él mismo. Pero siempre extraordinariamente alegres. Siempre haciendo algo que él no había hecho nunca: reír.
domingo, 20 de diciembre de 2009
¡¡¡ Yupiiiiiiii !!!
flipao456: ola princesitahapy!
flipao456: oye, ke e leido tu perfil y me dao cuenta ke tenemos muxas cosas en comun! Los 2 stamos en los mundos de yupi!
princesitahappy: Sí, claro, ¿pero en cuál de ellos?
[listo! ke eres un listo!]
lunes, 7 de diciembre de 2009
Des...pués
Des…atontada
Des…perezada
Des…pierta
Des…bloqueada
Des…pabilada
Des…pejada
Des…cansada
Des…agraviada
Des…preocupada
Des…cubridora
Des…tacada
Des…collante
Des…eable
Des…eosa
Des…eada
Des…pampanante
Des…lumbrante
Des…envuelta
Des…enfadada
Des…melenada
Des…cojonada
¿Des…crita?
sábado, 5 de diciembre de 2009
Cosquillas
Tal vez no se trate de nada extraordinario. No soy médico, ni psiquiatra, ni ningún estudioso del tema. Siempre he pensado, por sentido común, que debe de guardar alguna relación con el plano anímico más recóndito, como si fueran una especie de manifestación psicosomática del subconsciente. Pero jamás he profundizado lo más mínimo al respecto para poder comprobarlo. Como tantas otras veces, la magia del sentimiento acaba imponiéndose y sometiendo a la ceguera insensible de la razón.
Soy una de esas personas con muchas cosquillas; tantas que a veces las siento aunque ni siquiera me toquen, con sólo hacer el amago. Y sin embargo, ella consiguió quitármelas. Poco a poco, sin prisas. Después de infinitas y fugaces horas, pero en escasos y distantes días. Como una evolución natural y lógica, dentro de la comunión de cuerpo y mente casi perfecta que fuimos trabando al conocernos. Al final, mi piel era posada cálida y apacible para sus manos viajeras y aventureras.
Y ese es sólo uno de los pequeños milagros que obramos la una en el otro y el uno en la otra, pero la lista podría ser interminable. Por eso –y por todo lo demás–, nunca podré odiarla, aunque las cosquillas y la ausencia de ellas hayan dejado paso a un dolor que se va alejando, pero que no acaba de irse. Tan sordo como el olvido. Tan vivo como el recuerdo. Tan presente como la nostalgia.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Una de miedo… y de misterio
–– Bueno, pues aquí estamos. Por fin cara a cara. ¿Ahora qué hacemos?
–– ¿Aparte de tomarnos estas cañas?
–– Sí, jeje. Y aparte de que tú te sigas comiendo estas patatas rancias.
–– Mmm… no sé. Yo empezaría por contarnos nuestros miedos.
–– Uuuuh… miedo. Qué tétrico. ¿No hay un tema mejor para conocerse?
–– Claro, tonta. Tú sabes que sí. Ya hemos hablado de un montón de temas, y lo bueno es que no se agotan.
–– Y duran… y duran… ¡ja, ja, ja!
–– Sí. Como el “conejito DurexFlex”, ¡ja, ja, ja! Me refiero… Sabes a qué me refiero. Eres importante. Estoy muy a gusto contigo. Tú también conmigo. Llevo ya un rato jugando con tu mano y no me había dado cuenta hasta ahora… ¡Ja, ja, ja! ¡No la quites!
–– Jooo… qué tonto.
–– A lo que iba. (Hablando de tonto…) Hasta ahora casi todo han sido risas y tonteo. Como sigamos así, de aquí a la cama hay un paso... ¡Uf…!
–– ¿Por qué Uf?
–– ¿Ves? Ya tenemos un ejemplo. Yo tengo un miedo tremendo a que el sexo lo invada todo antes de tiempo. A que nos camuflemos en él sin saber quiénes somos realmente y si nos queremos de verdad. Me pareces un ENCANTO con mayúsculas; me transmites un feeling increíble, y me encantaría quererte de verdad. Ni te imaginas cómo. Pero tengo miedo. Sólo quiero estar seguro.
–– Oooh… qué mono…
–– ¿Y tú de qué tienes miedo, guapísima?
–– Mmm… pero eso… eso tendrías que adivinarlo tú, ¿no? Es que si te lo digo, se pierde el misterio.
–– ¿Misterio? Jejeje. ¿Pero para qué quieres misterio? Para eso mejor nos tragamos un episodio de C.S.I., ¿no?
–– Sip. O una de Agatha Christie, jijiji.
–– Vaaaaaaale. Creo que capito.
–– ¿Capitas?, jajaja.
–– Sí, jajaja.
–– Mmm…
–– Aaaay… mi cosita misteriosa… ¿Tienes miedo a decirme tus miedos? No importa, te entiendo. Sólo quiero que sepas que estoy aquí. Que mis intenciones son las mejores. Y que te escucho. ¿Vale?
–– Vale.
–– ¿Estás bien?
–– Ni te imaginas cómo.
–– ¡Pero estás temblando!
–– Sip.
–– ¿Tienes frío?
–– No, jajaja. Tengo miedo.
–– ¿Ah, sí? Jajaja. ¿A qué?
–– A darte un beso.
–– ¡Vaya! ¿Y te gustaría quit…?
–– Muaaaaaac
viernes, 20 de noviembre de 2009
…van contigo donde quiera que tú vas
–– (Vaya… no puede ser. ¿Es el móvil? ¡Oh no! ¡Horror!)
–– Hola fenómeno, ¿cómo lo llevas?
–– Bien, bien. ¿Quién eres? ¿Eres el de arriba?
–– Sí bueno, uno de ellos. El-De-Arriba en sí está librando, que hoy es domingo. Yo sólo soy un mandao.
–– Ah, bien. ¿Y qué quieres? ¿Pasa algo?
–– No, nada. Aquí, que acabo de reiniciar el Love Arrows 3.0. y me da error. ¿Ya has vuelto a cagarla?
–– No, bueno. En realidad he acertado el tiro. Sólo que he dado a otro blanco. Un imprevisto, digamos.
–– ¡La madre que te trajo! ¿Estás en las nubes, eh?
–– ¡Claro! ¡Igual que tú! Bueno, ¿y ahora qué pasa? ¿Me vais a castigar?
–– Pues no sé. Estaba pensando en suspenderte de empleo y sueldo.
–– ¿Sueldo? ¡Pero si no cobro ni un euro!
–– Claro, porque trabajas por Amor… al arte. Es lo suyo, ¿no?
–– Sí, pero luego queréis encima que sea infalible. Por ese precio… a ver quién os iba a hacer un mejor servicio.
–– Pues el que encendió el pebetero de Barcelona’92, por ejemplo. Ese sí que es un profesional.
–– Sí, pero lleva 17 años dándoos largas… Por no hablar de Guillermo Tell, que ya son siglos. ¡Es que sois unos explotadores! A ver cuándo me ponéis refuerzos, que no doy abasto. ¡No me siento reconocido! Bien o mal, yo cumplo con mi trabajo...
–– El problema es que casi siempre es mal. La mayoría de tus flechazos crean unas ilusiones que luego se ven defraudadas. Deberías tener más cuidado, que luego se rompen los corazones, y no es tan fácil arreglarlos.
–– Ya, pero en el fondo, ¿qué más da que junte una media naranja con una media sandía? ¿También es redonda, no? Bueeeeno, vale, ya sé que no es lo mismo, pero al final funciona, ¿no? Hay que aceptar las diferencias.
–– Sí, funciona o se quiere pretender que funciona. Y luego también depende de cómo sean las diferencias. Porque menudo ejemplo me has puesto… ¡Miedo me das! Además, se supone que te contratamos para que seas romántico. ¿Qué mierda estás diciendo? En la próxima Junta Directiva vamos a estudiar seriamente tu sustitución por alguien que represente fielmente los ideales y valores de tu cargo, que abogue por el romanticismo. ¡Habráse visto!
–– Vaaaaaale. ¿Pero mientras tanto puedo seguir? ¿Puedo irme ya, que me quedan unos cuantos flechazos pendientes?
–– Por supuesto, pero más vale que mejores tu puntería o tendrás noticias nuestras.
–– De acuerdo. Buenas tardes.
–– Buenas tardes.
–– (Buf, vaya charla… Qué pesados, siempre con lo mismo. Y el caso es que yo lo intento. Os aseguro que lo intento. En fin, corramos un Cupido velo…).
viernes, 13 de noviembre de 2009
Ya no...
Vuelvo a mirar a la vida.
Atrás queda lo increíble, lo precioso. Lo imposible.
Caer de un guindo. Sin perdones. Sin rencores.
Se va curando la herida
en la lejanía.
Aprender que las promesas no reclaman merecidos.
Que lo pasado no vuelve. Que aceptar es el camino.
Que tu cuerpo y tus ojazos no vibrarán a mi ritmo;
no brillarán encendidos.
Ya no, mi niña. Ya no eres mía.
Ya no soy tuyo.
Sólo nos queda el recuerdo…
Inocencia rescatada, dibujando tu reflejo.
Esa boca besable, esa pícara lengua. Tu humedad en mi miembro.
Porque querer es queriendo, con el reloj congelado.
Imán de caricias. Abrazo infinito. Fusión de dos cuerpos…
Porque si follamos el amor, ¿luego qué hacemos?
Pero no. Ya no es amor. No puede serlo.
Ya no es real, aunque lo siga siendo. Y ahora serán otros labios los que merezcan mis besos.
Nunca fuiste pesadilla.
Ahora tampoco eres sueño.
domingo, 8 de noviembre de 2009
¿Y si fuera ella?
Le diría:
Estoy aquí. Te estaba esperando, y tú me estabas buscando, aunque ninguno de los dos lo supiéramos.
Le diría:
Eres tú la que puede sacarme de mi cueva. Eres tú la maravilla de la naturaleza que puede despertarme y abrirme a la vida, a ti y al resto del mundo. La que puede sacarme todo lo bueno que llevo dentro y que, por incomprensible que parezca, me empeño en esconder. La que puede fomentar mis cualidades, que necesitan un complemento, una musa, un espejo de mirada chispeante para salir a la luz. La que, con sólo una sonrisa, puede revitalizar plenamente a este bolígrafo alicaído, que en el fondo está ansioso por manifestarse y eyacular toda su tinta sobre esta libreta, virgen de palabras pero no de ideas. Eres tú porque lo leo en tus ojos. Y porque tú lo lees en los míos. Si no, no tendría sentido.
Le diría:
Vas a enseñarme cosas que sólo tú puedes enseñarme. Voy a enseñarte cosas de ti misma que jamás habías imaginado. Y viceversa. Vamos a ser uno. Vamos a ser dos. Vamos a ser infinito. Tú puedes conseguir, por fin, que ame a alguien de verdad, sin trabas, sin terceras personas, sin “no es el momento”, sin miedos. Ahora mismo, por supuesto que tengo miedo. Mucho. Pero contigo será diferente. Tú eres capaz de ir quitándomelo, de ir aparcando mis complejos, de ir abriéndome poco a poco tal y como soy. Lo presiento. De hecho, lo sé. Y tú también lo sabes.
Le diría:
No quiero que me pises el corazón, porque no lo soportaría. Y porque yo no te voy a pisar el tuyo; sólo te lo voy a acariciar muy lentamente, como símbolo de todo tu cuerpo. Sí quiero que me cures todas mis heridas, porque sé que puedes hacerlo, pero también te pido paciencia, comprensión y mucha confianza. Y no me dejaré si tú no me permites también que cure las tuyas.
Le diría:
Puedo hacerte sentir la mujer más bonita del mundo. Primero, porque lo eres; o al menos yo lo siento así. Y con eso me basta. Y luego también, por puro agradecimiento, por gratitud infinita y por otros muchos sentimientos preciosos que irán surgiendo y que ahora mismo son un enigma para ambos.
Le diría:
No va a ser fácil; tampoco podemos engañarnos. La perfección no existe y, a las múltiples risas y momentos maravillosos, es probable que les acompañen algunos llantos y momentos duros o, simplemente, anodinos. Pero si los dos queremos, podremos conseguir que la balanza se decante claramente hacia lo positivo. Y que seamos eternos. Y que lo nuestro, por encima de todo, merezca muchísimo la pena. Porque querer es poder. Y si tú quieres, yo quiero.
